icen que la audiencia miraba
horrorizada. No podían creer
que el amo
de las bestias hubiese perdido el control de una de sus criaturas, en apariencia, mas
sumisas.
Pero tenía que matarlo. Tanto tiempo de humillaciones, de
vejaciones habían oradado mi dignidad de ser viviente. ¿No
les horrorizaba igual ver a un hombre someter a un ser humano,
como si fuera dueño del universo? ¡como si solo él y su
acto de amo de las cosas importara! No les asqueaba ver como someten a esclavitud a todo aquel que perciben inferior
a ellos?
Y ahora, en el encierro final e infinito, solo
me quedan los recuerdos y un sabor amargo; el sabor de sangre mezclado con la saliva que una vez produjo
mi instinto de conservación, la necesidad de alimentarme,
sobrevivir y prolongar mi especie.
Esperan según dicen, a decidir
mi suerte. Como si yo no la hubiera sabido siempre.
Como si nunca la hubiera presentido. Me queda la satisfacción
de saber, que mi acto póstumo fue un grito de libertad. Esa libertad perdida, arrebatada en plena juventud,
cuando me desplazaba por Bengala, dueño de mi propia vida.
De joven escuchaba historias de gente, que,
no se sabía en busca de qué, había perseguido, asediado, acorralado, luego
apresado y puesto en cautiverio a alguno de mis familiares,
o compañeros de cacería. Los que habían sobrevivido relataban
cómo, una manada de aquellos animales de la especie humana,
acechaban, perseguían a su víctima durante días enteros.
Vigilaban sus movimientos, le velaban día y noche, estudiaban
sus pasos, le seguían por su olor.
Le tendían trampas hasta que, cansada, hambrienta,
la presa de turno caía exhausta a merced de la redada.
Luego, sin piedad ninguna, caía sobre uno aquella
jauría, que capturaba con la red, hecha apresuradamente
de bejucos o de lianas.
Después de muchas lunas de incertidumbre, llegó
a la aldea, el que parecía el amo, un hombre alto, blanco, fornido, tan impresionante como yo antes de caer en
aquella jaula. Adentro, yo me debatía fiera pero inútilmente,
pensando que prefería la muerte a aquel encierro. Es la
ley de la selva: si no puedes vivir con dignidad es preferible
sacrificar tu vida. Y para mí, la dignidad fue ser siempre
libre. Es decir, no lo supe sino hasta que comencé a ver
los días desfilar a través de aquellos hierros, que como
lanzas me ensartaban ahora entre el estrecho suelo y la
mísera bóveda que reemplazaría de allí en adelante
el infinito firmamento bajo el cual
había nacido. Inútil lamentarse ahora, ni entonces.
Después de un tiempo me dí cuenta de que el
hombre, tenía todas las ventajas. En su antropocentrismo,
todo aquel que desfiló para observarme, para evaluarme,
para admirarme y sin embargo para humillarme, actuaba como
si perteneciera a una especie superior, a un planeta diferente,
y yo, pieza, trofeo de cacería.
Volvía la cabeza con desprecio. Cerraba los ojos y
me remontaba a los días felices de mi infancia. Recordaba
cómo, cuando ya pude pararme por mí mismo, aprendí a correr
como gacela por aquellos campos, a camuflarme entre los
arbustos, a rastrear para traer el alimento y compartirlo
con los míos.
Mi
padre me había enseñado a no matar por gusto. Piadoso era
causar a la presa el menor sufrimiento posible. Luego, comer
lo absolutaiente necesario, sin saciarse de tal manera que
luego no pudiera uno incorporarse y proseguir su camino
con agilidad. Me enseñó también lo
inútil de la vanidad, aún cuando percibiera el
temor, que mi imponente presencia causaba en las criaturas
menores. El respeto es una ventaja, me decía, pero el temor
esconde a duras penas el odio, porque es éste un sentimiento
tan intenso como el instinto de conservación.
En
mi adolescencia conocí la leyenda que rodeaba a los de mi
clase. Desde tiempo inmemorial
habíamos sido símbolo de dignidad, de poder, de fortaleza.
Bali, el gran contador de cuentos, narraba cómo, culturas
cuya historia se remontaba al olvido, se referían a nosotros
con suma reverencia. "El admirable dinamismo de esta
especie, su intensa actividad, independencia y curiosidad
le hacen irresistible" - decían sus sabios y en su afán de compararse
con los nuestros humanizaban el coraje y la valentía.
Eramos solitarios. No
andábamos en manada, aprendíamos de la experiencia
De ella deducíamos nuevas fuerzas y energía. Teníamos
la visión del águila, la fuerza del elefante, la gracia
de la gacela, la autoridad del león. Cuando aparecieron
nuestros enemigos, conocimos el desespero, la locura. Nos
convertimos en proscritos dentro de nuestro propio hábitat.
Había algo muy preciado que aquellos predadores buscaban
en nosotros, porque, una vez uno de los nuestros era capturado,
jamás le volvíamos a ver. Ahora sé a dónde iban a parar
los que no acababan sus vidas traspasados por una lanza
o muertos por las balas.
A aquel
hombre le decían Mack. Tenía fascinación por las armas de
fuego y los cuchillos. Miraba pretendiendo dominar
con su mirada. Gritaba más que hablar. En mi lenguaje le
devolvía mi desespero, mi frustración, mi angustia, llamándole
cobarde. Exigiendo que se enfrentara a mí en iguales condiciones.
Supongo que a pesar de su aparente valentía sabía
perfectamente el destino que le esperaba si tan solo
se le hubiese ocurrido abrir la puerta de mi abyecta celda.
Allí me tiraban las sobras y chorros de agua disparados
por mangueras que mojaban mi cuerpo y mi lecho.
Aún en esas condiciones, el contacto con el agua
tuvo la virtud de incentivar aquella clase de cordón umbilical
que nadie puede cortar y que ata por siempre a
la tierra nativa y a las memorias del pasado.
Supe que había llegado
a un mundo diferente porque el color de las pieles se habían
aclarado. El olor de la atmósfera era extraño. Olía a selva
incendiada. Con las mil caras que desfilaron ante mi prisión,
se asomó la piedad, el temor injustificado y la necesidad
de cantar victoria sobre el caído, que se traduce en zaña.
Ya para entonces había desistido de gastar mis fuerzas inútilmente.
Me dediqué a observar. A planear una manera de escapar,
aún cuando sabía que no sería fácil. Que me llevaría la
mayor parte de mi vida. Pero me había prometido no morir
en el encierro. Llegué a considerar la muerte como la salida
de aquella prisión absurda.
Cuando
Mack decidió que ya yo estaba lo suficiente quebrantado,
se atrevió a dejarme salir dentro del confín de una jaula
mayor. No era mucho
el espacio, menor aún porque él estaba allí, midiéndome
fijamente con los ojos. Yo caminaba entumecido, agotado
por la falta de ejercicio, todas mis células pidiendo a
gritos la carrera, el escape de aquel infierno.
No
pude hacer nada, sino devolver disimuladamente la observación
de que era objeto.
Un día, después de interminables sesiones del mismo futil
ejercicio, sentí un golpe cortante y traicionero sobre mis
espaldas. Esta criatura abominable me había azotado sin
razón. Su nueva arma era un látigo que comenzó a usar cada
vez que traté de acercarme. Inútil responder porque, al cinto, a unas pulgadas de sus dedos,
alerta a cualquier movimiento de ataque, estaba la pistola,
con el gatillo preparado para disparar e intimidarme.
Comprendí que a mi ya humillante falta de libertad,
se había añadido ahora el castigo físico necesario para
subyugarme completamente.
Realmente
no había experimentado el odio hasta que conocí a aquel
hombre. Era la viva imagen de la arrogancia, de la pretensión.
Caminaba como si todo le perteneciera. Como si mi respiración
dependiera de su voluntad. Comencé a experimentar la cobardía,
más dolorosa aún que la nostalgia, que el hambre, que la
ira. Cuestioné la razón de aquel encierro. Del propósito
de mi vida. Todas las leyendas que una vez me habían inspirado
orgullo, dotado de identidad, se convirtieron en piadosas
mentiras concebidas para resistir aquella prolongada agonía.
A pesar de mi naturaleza solitaria, me sentí
desamparado, olvidado por los míos. Conocí el llanto,
que los animales no pueden expresar sino en su espíritu,
y la frustración oprimió tanto a mi corazón como la prisión
que me asfixiaba.
Cuando
ya daba por perdidas mis fuerzas, Mack comenzó a aumentar
gradualmente mis raciones de comida. A cambio de ello tenía
que demostrar reconocimiento por su superioridad. Mis prioridades
entonces se invirtieron. ¿Que me importaba fingir para poder
devolverle a mi cuerpo la energía? A la larga, ¿no cumpliría
el mismo propósito, aprender a controlar mi intenso odio,
mi desprecio por el gesto de aquel hombre, el saciar mi
necesidad de un pedazo de carne que la urgencia de estar
libre?.
Satisfecho
ante mis muestras de sumisión, el hombre se sintió magnánimo,
y osó un día acariciarme la cabeza. Lo hizo por detrás y
cauteloso. Buscaba una especie de alianza
que yo no estaba dispuesto a aceptar. Aun así fingí
sometimiento.
Con
los días, vinieron las torturas. A punta de golpes me obligó
a pararme erecto, a saltar por entre aros de fuego.
A subir en unos parapetos. A reprimir mi instinto
de cerrar mi boca cuando él
introducía su cabeza en ella para jactarse de su
coraje. Y allí comenzó el aborrecible espectáculo que sin
saber por qué entretenía
tanto a los humanos.
Viajamos por todo el
mundo, él y yo representados en afiches y fotografías como
el amo y la mascota, símbolo de la conquista del hombre
sobre la bestia, atracción principal de un acto de circo. Yo me aburría infinitamente,
¿no se aburrían ellos?¿aquellos mismos que año tras año
veía en primera fila crecer y hasta volverse viejos?¿Qué
placer deducían de ver a uno de ellos dictando ordenes para
obtener maromas ridículas que ninguno de nosotros hubiera
intentado en una rutina sin cautiverio?
Mack
comenzó a dar muestras de cansancio. Quizás era ésta mi
última gran oportunidad de arriesgarlo todo. Recobré el
interés de mi juventud ante la posibilidad de arrebatarle
al amo, y de un zarpazo, el insidioso látigo. De borrar
de una vez por todas aquella sonrisa de triunfo. De dueño
y señor de mi destino. El día había llegado de saldar cuentas.
Igual que él, yo había envejecido, pero
me quedaban las fuerzas necesarias. Podía
hacer acopio de ellas si me lo proponía. No quería cometer
el error de aquellos paquidermos, que en busca de recuperar
su libertad, enloquecían para caer víctimas, tras la persecución,
de una lluvia de balas.
Supe
que era el día señalado porque vi el fantasma de mi padre
merodeando fuera de mi jaula. Con la parsimonia que le había
caracterizado en vida, me miró por largo rato. Yo entendí
su mensaje y aquella noche me dediqué a planear el acto.
Lo
cogería por sorpresa, como había hecho él un día al golpearme
con su látigo. Aprovecharía cuando ya su inagotable vanidad
le obligara a dar la cara al público. Saltaría sobre su
espalda, lo inhabilitaría contra el suelo y le agarraría
por la nuca. Lo arrastraría sin piedad por aquel corral
confinado por un círculo de barrotes, a través de las cuales
la gente, en su mayoría en la infancia, aprendían a aplaudir
la crueldad y a despreciar al subyugado. Sabía que el precio era mi vida, pero les enseñaría
las lecciones de mi padre, que eran las mismas de la selva.
Y con ese simple gesto de morder su cuello, demostraría
que en recuperar su libertad, el esclavo decide el destino
de su amo.