Los
Subwaynautas
“Pensamos que porque
las cosas han sido fáciles para la humanidad en general
por una generación más o menos, nos dirigimos hacia la comodidad
y seguridad perfectas en el futuro.Pensamos que siempre
iremos a trabajar a las diez y saldremos a las cuatro, y
comeremos a las siete por toda la eternidad”
H. G. Wells
Creerán que es mentira.
Los de afuera. Los que no tienen necesidad de salir a la
superficie. 0 aquéllos que se han adaptado tanto a la oscuridad
que nunca han sentido la necesidad de terminar de una vez
por todas con la dependencia del transporte masivo: que
los pasajeros del tren subterráneo hemos sido condenados
a pesadillas forzadas a cambio de la movilización.
Esta mañana desperté
temprano. Como siempre. Con la esperanza de coger un tren
menos congestionado, aún cuando no hubiese ni un asiento
disponible. Por lo menos podría asirme a mi propio gancho
o a mi propio poste metálico. Hasta eso se había convertido
en lujo.
5:45
a.m.
Me di cuenta cuando
me bañaba, que el día giraba en torno a esa mole mugrosa
y acerada. Que un día de trabajo normal se componía de ese
paréntesis denso y agitado que constituían los viajes ida
y vuelta en subway.
¡Cuánto hubiera
dado por un trabajo cerca a casa! o por lo menos uno al
que pudiera transportarme por otros medios que no fueran
los obligados.
“Es más fácil conseguirle
visa a un “mojado” que conseguir trabajo en el vecindario,”
me había dicho el sabihondo de Miguel un día. “Utópico”
era sólo la última adición al gentrificado lenguaje yuppie.
6:00
a.m.
Quince años montando
en el armatoste. Viéndolo descascararse gradualmente como
leño viejo que se pudre, recordando lo excitante del comienzo.
El tren marchaba como un bólido infalible, puntual, seguro.
Había gente entonces pero no las montoneras. El gentío era
ordenado. Las personas conocían la paciencia y sabían para
donde iban.
Mas cuando las garantías
comenzaron a disminuir, los ansiosos pasajeros vendieron
su alma al diablo por un espacio suficiente en el qué introducir
su anatomía. Aún cuando ese espacio no existiera más y ellos
tuvieran que arrebatárselo a alguien.
El montón de gente
invadió entonces la estación, como lava siniestra que serpentea
en dirección contraria a nuestro destino. La masa cobra
movimiento desesperado en horas de entrada o de salida del
trabajo. En tiempo de luna, esa masa se transforma en millones
de partículas humanas que se esparcen exaltadas hacia su
propio mundo.
6:30
a.m.
Los pasajeros esperan
el tren con una ansiedad que les castiga el rostro, llenándolo
de arrugas prematuras. Apilonada ahí, sobre la franja avisora
de peligro, la gente ignora la prioridad de asegurar sus
vidas por un cupo en el vagón de un tren.
Se oye un rugido.
Las luces paralelas se reflejan en las pupilas dilatadas,
miles de ojos que se clavan en los ennegrecidos faroles.
Dos círculos luminosos que se acercan precursores del gusano
metálico.
Los subwaynautas
se amontonan atraídos por un magnetismo masoquista. Cada
quien busca desesperadamente en su total inercia entre codos
y manos extrañas, un poco de aire para mantenerse vivo.
Contraerse. Luchar
por no dejarse dominar por la claustrofobia. Concentrarse
en los sueños, en los pensamientos, en los recuerdos o en
las esperanzas. Cerrar los ojos con cuidado para no dar
ideas a los ladrones de carteras, que últimamente roban
por telekinesis. Cualquier movimiento es definido como sospechoso.
La única señal de vida permitida es la respiración dificultosa.
Alguien respira un aire caliente y húmedo sobre mi mano.
Siento además partes de un cuerpo que vibra sobre el mío.
Me mantengo alerta para no ir a despertar una libido.
6:40
a.m.
Baja un pasajero.
Entran seis. Las matemáticas dejan de ser exactas. Afuera,
la gente ha dejado de creer en ellas: ¡seis en uno si caben!
o por lo menos tratan de caber. El último, el residuo, pudo
haber sido expulsado de no haberse cerrado las puertas automáticas
pellizcándole el trasero.
El residuo, un americano
con cara de turista, entra leyendo el New York Times desplegado
a toda vela. Las miradas convergen en el lector y su periódico
para sugerirle que claudique al derecho que no le pertenece.
Por un rato sin embargo, el lector pretende imponer su voluntad
sobre los cuerpos vivientes cuyas pupilas incandescentes
luchan con la somnolencia. Algunos indiferentes se atreven
a leer los titulares. Otros, impacientes, acusan con la
mirada a los lectores parásitos como si se tratara de cómplices
o traidores. Los ojos de los importunados pasajeros continúan
paseándose furiosamente sobre el invasor de espacios territoriales.
La presión visual es más poderosa que el odioso egoísmo
y el hombre capitula. Su problema ahora es plegar la vela
de papel, lo cual logra por etapas.
6:49 a.m.
Un racimo de pasajeros
penetra en los cuerpos que ya habitan los planos materiales
de esa sección del tren. No hay intercambios. Nadie se baja,
todos se suben, ¿Hasta cuándo podrán esos cuerpos comprimirse,
adherirse sin asfixiarse?
El conductor pretende
informar a la masa pública a través de una bocina gangosa,
defectuosa que transmite su acentuada voz de Harlem mezclada
con la estática y los cortocircuitos de un sistema de comunicación
carcomido por el moho.
6:55
a.m.
Gran parte de la
masa deserta el vagón. Por primera vez hay espacio. Unos
pocos pasajeros ingresan a la sociedad temporal que viaja
a sus trabajos. Al nuevo grupo se ha incorporado un juglar
del tiempo, hippie-guitarrista-mendigo trasnochado tanto
en época como en hora.
¡Hey, músico! Es
la hora de los punks, en el que en lugar de cantar nos torturamos
con anuncios de catástrofes. En lugar de protestar dejando
de asearnos y llevar la barba y el pelo desgreñado, rendimos
culto al narcisismo, unos vistiendo de las vitrinas de Bloomingdale's
y otros rapando partes inusitadas del cuero cabelludo, dejando
sólo pelo suficiente para pintar con lacas de colores chillones.
La piel reemplaza al blue jean y las hebillas de metal puntiagudo
aprisionan muñecas y tobillos pronunciando la inseguridad
que nos acompaña hacia el fin del siglo. Pidiendo a grito
mudo disciplina, autoridad. ¡Retando en silencio colorido
a dolor y al tiempo!
El hippie guitarrista
no se da por aludido a las miradas críticas y comienza a
cantar en un destemplado instrumento su versión de This
Land is Our Land (Esta Tierra es Nuestra). Valga el cielo,
hippie. ¿Es ésta la tierra que heredamos? No sé qué es más
imprudente, si tu voz o tu destemplada afirmación. ¿Quién
dirá la verdad de tu canto trasnochado? ¿Tu violación al
derecho humano de comenzar una mañana en silencio?
7:00
a.m.
El tren continúa
su marcha a veces lenta, a veces acelerada. De igual forma
se alternan las torturas auditivas, unas veces el conductor,
otras el guitarrista, muchas veces los dos formando un dúo
cacofónico. '¡Shut up!' gritan los sentidos.
7:15
a.m.
Hace frío. Trato
de acomodarme en el pequeño asiento al extremo del vagón,
Agradezco al Creador y en general a todos los creadores,
por tener calefacción parcial bajo el asiento. Mi acompañante
es ahora un hombre alto, moro, impresionante, que viste
sobretodo negro como el resto de su atuendo.
Adornando barba
y pelo de Judas Iscariote, un arete dorado en la oreja Izquierda,
pulsos metálicos, anillos de todos los tamaños y diseños,
medallón sujeto con cadenas. Pudiera representar en estos
momentos a un Otelo que acaba de matar a su Desdémona y
ha tomado un descanso en esta escena para viajar en tren
y recordarse a sí mismo.
Su mirada va perdida,
inexistente. De súbito parece cobrar intensidad un pensamiento
suyo y una desazón se posesiona de sus manos. En pocos minutos
el moro shakespereano picotea sus uñas nerviosamente transformando
mi admiración en cautela.
7:21
a.m.
Trato de concentrarme
en mi Truman Capote de bolsillo. Pero el vaivén de la máquina
borrona las letras produciendo un sueño irresistible. Los
vapores de aceite quemado adormecen los sentidos. Se escucha
el tintineo desde el vaso de cartón de un mendigo que proviene
de otro vagón.
El guitarrista se
hace a un lado mientras continúa su sonata obviamente improvisada.
El nuevo espectáculo cobra dimensiones de circo ambulante.
-¡Señoras y señores,
lectores y durmientes, subwaynautas de temprana nave: la
compañía de juglares en desgracia se permite atormentar
a ustedes en este viaje por la infame suma de un token,
con el que pueden comprar visiones inesperadas compactas
en un solo tren, un solo viaje, una sola hora!-
¡En este caso se
trata, señoras y señores, de un muy popular espectáculo
de trenes, la hora de los mendigos, en la que los muy importantes
pasajeros son testigos de la más increíble variedad de miseria
humana! ¡Sí, subwaynautas del futuro! Vean desfilar ante
sus ojos, la amplia variedad de los despojos humanos, desamparados,
bag-ladies, mutilados, artistas fracasados, desempleados,
borrachos, dementes, todo por la irrisoria suma de un token,
damas y caballeros que marchan a sus trabajos para huir
a la pobreza que alcanzó a nuestras figuras de hoy! ¡Vean
como esta mujercita de color oscuro habita medio cuerpo,
fenómeno inexplicable aún en la metrópolis más civilizada
de esta tierra!
Observen, inmigrantes
del presente, el mendigo loco cuya sola presencia está precedida
de olores nauseabundos imposibles de reproducir en un cuerpo
humano! Participen de la increíble historia del mendigo
saxofonista portador de antenas y lentes sicodélicas en
su inútil cabeza haciendo juego con su atuendo estrafalario,
cuya música terrestre anuncia que el músico proviene de
lejana galaxia y que su nave ha sufrido dificultades técnicas.
Por eso, amables terrícolas, me veo obligado a pedir dinero
en este mundo, para reparar mi nave y partir de nuevo.
¡Si señoras y señores,
turistas de todos los países del planeta tierra! Debemos
ayudar a este alienado para que lleve un mensaje de paz
a los futuros visitantes...
El guitarrista continúa
proveyendo su horrible música de fondo.
7:29 a.m.
El tren se ha detenido.
El juglar pretende interpretar una tonada Beatleriana. Un
crimen más contra el arte. Espectáculo patético. Oda a este
tren moribundo. El altavoz hiere los sentidos con un chirrido
agudo que anuncia a la razón el motivo por el cual se ha
detenido el tren. Tal vez un suicidio o un homicidio en
la estación siguiente, nos explica el sentimiento. De cualquier
forma una tragedia porque los pasajeros llegarán tarde a
los trabajos y los jefes no aceptarán la excusa compartida
por miles de personas.
El Otelo-Judas no
se inmuta. El guitarrista insiste y por primera vez la lírica
tiene sentido en la tonada de Simón y Garfunkel: The Sounds
of Silence (Las Voces del Silencio).
El tren continúa
su marcha forzada como si hubiera sobrevivido a un ataque
en su corazón de acero. Detallo los rayones, las firmas,
los seudónimos pintados a chorros por la manía. Busco mensajes
de esperanza, mas desisto. Aún no ha llegado el Mesías del
graffiti a anunciar el fin de la pesadilla juvenil. Hay
caos de colores rabiosos en los trazos. Más bien, como dice
el juglar en la canción... “la voz del profeta está escrita
en una pared del subway...”
7:38
a.m.
En la nueva estación, una manada de estudiantes
se abalanza dentro del tren. La algarabía recordaría un
ataque indio de no ser porque los gritos son asonantes.
Unos aúllan, otros ríen. Todos gritan por su lado. Las muchachas
hispanas y morenas hablan a todo pecho. Caminan errantes
por los vagones en busca de otros estudiantes.
7:40
a.m.
Nuevo anuncio de
altavoces.
“¡Este tren se declara
fuera de servicios” Y a duras penas ha llegado a la parada.
No se dan explicaciones.
¡Al diablo con las
explicaciones! ¿Quién se cree que es usted, infeliz y atorrante
pasadero que viaja en las entrañas de un monstruo enfermo
y aburrido? ¿A qué preguntar el motivo de que el monstruo
haya expulsado, defecado esa masa humana?
Los pasajeros desorientados,
desconcertados, cansados, furiosos, indignados, hartos,
no tienen más remedio que apearse y comerse su ira o emprenderla
con otras víctimas.
“¿Qué mira usted?”
Se trata de una mirada extraviada.
“¡No empuje zoquete!”y
él también empuja.
Miran
a todos lados buscando responsables. Un cuerpo para esa
voz, esa odiosa voz afónica que inunda la estación. Desafortunadamente
no hay sino víctimas a la vista. Los Subwaynautas miran
confundidos e impacientes sus relojes. Con gusto cambiarían
su alma por un parón o estirón del tiempo. No se dan cuenta
de la futilidad de una vida dentro de un sistema cavernoso
creado para el progreso. Ni de que hay otras alternativas.
Hay salidas. El solo pensamiento se traduce en libertad.
Salir de la estación.
Respirar el aire, aire fresco, cualquier clase de aire,
otro tipo de atmósfera que no sea el aliento asfixiante
del dragón metálico. Mirar el cielo azul, algo que garantice
que aún hay vida después del subway. Otra visión diferente
a las sucias plataformas, a los transeúntes infelices del
subterráneo.
No ser ya parte
de la masa. Caminar sin ser empujada. Escapar al invasor
cansancio. Necesidad de ver caminos y salidas.
Coger un día libre,
porque agobia los sentidos la oscuridad “iluminada” por
las luces sucias, mortecinas.
Tomar las riendas
de mi destino. Esta se ha convertido en mi prioridad a las
7:49 de la mañana.
