LIBROS DE CUENTOS
OPUS AMERICANUS

 

De qué se trata el Libro

Mezcle usted un poco de filosofía irreverente, una gran dosis de sentido más fino del humor, complete la fórmula con una base de originalidad e imaginación y el resultado son los 12 cuentos que la escritora colombiana Gloria Chávez Vásquez ha legado a sus lectores. La escritora hace uso magistral de la parábola para describir la condición humana, como lo hace en su cuento en "La leyenda norteamericana de la creación del cerebro" donde nos cuenta su ingeniosa versión de la escena bíblica o de la fábula como es el caso de "Las termitas" donde compara con la raza humana. Los 12 cuentos de OPUS AMERICANUS cubren un periodo de 25 años en la evolución de la escritora. Chávez Vásquez articula su conciencia de inmigrante en el idioma de su país anfitrión, así como en su idioma materno rescatando así, del azar de la traducción, su fibra narradora. Los cuentos examinan paisajes urbanos cotidianos en la vida de Nueva York y sus gentes. La colección incluye además algunos de sus cuentos más tempranos, escritos en escenarios colombianos.

 

 

Los Subwaynautas

 

Cuadro de texto: Imagen llamada “Subway-1”“Pensamos que porque las cosas han sido fáciles para la humanidad en general por una generación más o menos, nos dirigimos hacia la comodidad y seguridad perfectas en el futuro.Pensamos que siempre iremos a trabajar a las diez y saldremos a las cuatro, y comeremos a las siete por toda la eternidad”

H. G. Wells

 

Creerán que es mentira. Los de afuera. Los que no tienen necesidad de salir a la superficie. 0 aquéllos que se han adaptado tanto a la oscuridad que nunca han sentido la necesidad de terminar de una vez por todas con la dependencia del transporte masivo: que los pasajeros del tren subterráneo hemos sido condenados a pesadillas forzadas a cambio de la movilización.

 

Esta mañana desperté temprano. Como siempre. Con la esperanza de coger un tren menos congestionado, aún cuando no hubiese ni un asiento disponible. Por lo menos podría asirme a mi propio gancho o a mi propio poste metálico. Hasta eso se había convertido en lujo.

Cuadro de texto: Imagen “reloj” 5:45 a.m.

Me di cuenta cuando me bañaba, que el día giraba en torno a esa mole mugrosa y acerada. Que un día de trabajo normal se componía de ese paréntesis denso y agitado que constituían los viajes ida y vuelta en subway.

¡Cuánto hubiera dado por un trabajo cerca a casa! o por lo menos uno al que pudiera transportarme por otros medios que no fueran los obligados.

“Es más fácil conseguirle visa a un “mojado” que conseguir trabajo en el vecindario,” me había dicho el sabihondo de Miguel un día. “Utópico” era sólo la última adición al gentrificado lenguaje yuppie.

 

Cuadro de texto: Imagen “reloj” 6:00 a.m.

Quince años montando en el armatoste. Viéndolo descascararse gradualmente como leño viejo que se pudre, recordando lo excitante del comienzo. El tren marchaba como un bólido infalible, puntual, seguro. Había gente entonces pero no las montoneras. El gentío era ordenado. Las personas conocían la paciencia y sabían para donde iban.

Mas cuando las garantías comenzaron a disminuir, los ansiosos pasajeros vendieron su alma al diablo por un espacio suficiente en el qué introducir su anatomía. Aún cuando ese espacio no existiera más y ellos tuvieran que arrebatárselo a alguien.

El montón de gente invadió entonces la estación, como lava siniestra que serpentea en dirección contraria a nuestro destino. La masa cobra movimiento desesperado en horas de entrada o de salida del trabajo. En tiempo de luna, esa masa se transforma en millones de partículas humanas que se esparcen exaltadas hacia su propio mundo.

 

Cuadro de texto: Imagen “reloj” 6:30 a.m.

Los pasajeros esperan el tren con una ansiedad que les castiga el rostro, llenándolo de arrugas prematuras. Apilonada ahí, sobre la franja avisora de peligro, la gente ignora la prioridad de asegurar sus vidas por un cupo en el vagón de un tren.

Se oye un rugido. Las luces paralelas se reflejan en las pupilas dilatadas, miles de ojos que se clavan en los ennegrecidos faroles. Dos círculos luminosos que se acercan precursores del gusano metálico.

Los subwaynautas se amontonan atraídos por un magnetismo masoquista. Cada quien busca desesperadamente en su total inercia entre codos y manos extrañas, un poco de aire para mantenerse vivo.

Contraerse. Luchar por no dejarse dominar por la claustrofobia. Concentrarse en los sueños, en los pensamientos, en los recuerdos o en las esperanzas. Cerrar los ojos con cuidado para no dar ideas a los ladrones de carteras, que últimamente roban por telekinesis. Cualquier movimiento es definido como sospechoso. La única señal de vida permitida es la respiración dificultosa. Alguien respira un aire caliente y húmedo sobre mi mano. Siento además partes de un cuerpo que vibra sobre el mío. Me mantengo alerta para no ir a despertar una libido.

 

Cuadro de texto: Imagen “reloj” 6:40 a.m.

Baja un pasajero. Entran seis. Las matemáticas dejan de ser exactas. Afuera, la gente ha dejado de creer en ellas: ¡seis en uno si caben! o por lo menos tratan de caber. El último, el residuo, pudo haber sido expulsado de no haberse cerrado las puertas automáticas pellizcándole el trasero.

El residuo, un americano con cara de turista, entra leyendo el New York Times desplegado a toda vela. Las miradas convergen en el lector y su periódico para sugerirle que claudique al derecho que no le pertenece. Por un rato sin embargo, el lector pretende imponer su voluntad sobre los cuerpos vivientes cuyas pupilas incandescentes luchan con la somnolencia. Algunos indiferentes se atreven a leer los titulares. Otros, impacientes, acusan con la mirada a los lectores parásitos como si se tratara de cómplices o traidores. Los ojos de los importunados pasajeros continúan paseándose furiosamente sobre el invasor de espacios territoriales. La presión visual es más poderosa que el odioso egoísmo y el hombre capitula. Su problema ahora es plegar la vela de papel, lo cual logra por etapas.

 

Cuadro de texto: Imagen “reloj” 6:49 a.m.

Un racimo de pasajeros penetra en los cuerpos que ya habitan los planos materiales de esa sección del tren. No hay intercambios. Nadie se baja, todos se suben, ¿Hasta cuándo podrán esos cuerpos comprimirse, adherirse sin asfixiarse?

El conductor pretende informar a la masa pública a través de una bocina gangosa, defectuosa que transmite su acentuada voz de Harlem mezclada con la estática y los cortocircuitos de un sistema de comunicación carcomido por el moho.

 

Cuadro de texto: Imagen “reloj” 6:55 a.m.

Gran parte de la masa deserta el vagón. Por primera vez hay espacio. Unos pocos pasajeros ingresan a la sociedad temporal que viaja a sus trabajos. Al nuevo grupo se ha incorporado un juglar del tiempo, hippie-guitarrista-mendigo trasnochado tanto en época como en hora.

Cuadro de texto: Imagen de “Músico”¡Hey, músico! Es la hora de los punks, en el que en lugar de cantar nos torturamos con anuncios de catástrofes. En lugar de protestar dejando de asearnos y llevar la barba y el pelo desgreñado, rendimos culto al narcisismo, unos vistiendo de las vitrinas de Bloomingdale's y otros rapando partes inusitadas del cuero cabelludo, dejando sólo pelo suficiente para pintar con lacas de colores chillones. La piel reemplaza al blue jean y las hebillas de metal puntiagudo aprisionan muñecas y tobillos pronunciando la inseguridad que nos acompaña hacia el fin del siglo. Pidiendo a grito mudo disciplina, autoridad. ¡Retando en silencio colorido a dolor y al tiempo!

El hippie guitarrista no se da por aludido a las miradas críticas y comienza a cantar en un destemplado instrumento su versión de This Land is Our Land (Esta Tierra es Nuestra). Valga el cielo, hippie. ¿Es ésta la tierra que heredamos? No sé qué es más imprudente, si tu voz o tu destemplada afirmación. ¿Quién dirá la verdad de tu canto trasnochado? ¿Tu violación al derecho humano de comenzar una mañana en silencio?

 

Cuadro de texto: Imagen “reloj” 7:00 a.m.

El tren continúa su marcha a veces lenta, a veces acelerada. De igual forma se alternan las torturas auditivas, unas veces el conductor, otras el guitarrista, muchas veces los dos formando un dúo cacofónico. '¡Shut up!' gritan los sentidos.

 

Cuadro de texto: Imagen “reloj” 7:15 a.m.

Hace frío. Trato de acomodarme en el pequeño asiento al extremo del vagón, Agradezco al Creador y en general a todos los creadores, por tener calefacción parcial bajo el asiento. Mi acompañante es ahora un hombre alto, moro, impresionante, que viste sobretodo negro como el resto de su atuendo.

Adornando barba y pelo de Judas Iscariote, un arete dorado en la oreja Izquierda, pulsos metálicos, anillos de todos los tamaños y diseños, medallón sujeto con cadenas. Pudiera representar en estos momentos a un Otelo que acaba de matar a su Desdémona y ha tomado un descanso en esta escena para viajar en tren y recordarse a sí mismo.

Su mirada va perdida, inexistente. De súbito parece cobrar intensidad un pensamiento suyo y una desazón se posesiona de sus manos. En pocos minutos el moro shakespereano picotea sus uñas nerviosamente transformando mi admiración en cautela.

 

Cuadro de texto: Imagen “reloj” 7:21 a.m.

Trato de concentrarme en mi Truman Capote de bolsillo. Pero el vaivén de la máquina borrona las letras produciendo un sueño irresistible. Los vapores de aceite quemado adormecen los sentidos. Se escucha el tintineo desde el vaso de cartón de un mendigo que proviene de otro vagón.

El guitarrista se hace a un lado mientras continúa su sonata obviamente improvisada. El nuevo espectáculo cobra dimensiones de circo ambulante.

-¡Señoras y señores, lectores y durmientes, subwaynautas de temprana nave: la compañía de juglares en desgracia se permite atormentar a ustedes en este viaje por la infame suma de un token, con el que pueden comprar visiones inesperadas compactas en un solo tren, un solo viaje, una sola hora!-

¡En este caso se trata, señoras y señores, de un muy popular espectáculo de trenes, la hora de los mendigos, en la que los muy importantes pasajeros son testigos de la más increíble variedad de miseria humana! ¡Sí, subwaynautas del futuro! Vean desfilar ante sus ojos, la amplia variedad de los despojos humanos, desamparados, bag-ladies, mutilados, artistas fracasados, desempleados, borrachos, dementes, todo por la irrisoria suma de un token, damas y caballeros que marchan a sus trabajos para huir a la pobreza que alcanzó a nuestras figuras de hoy! ¡Vean como esta mujercita de color oscuro habita medio cuerpo, fenómeno inexplicable aún en la metrópolis más civilizada de esta tierra!

Observen, inmigrantes del presente, el mendigo loco cuya sola presencia está precedida de olores nauseabundos imposibles de reproducir en un cuerpo humano! Participen de la increíble historia del mendigo saxofonista portador de antenas y lentes sicodélicas en su inútil cabeza haciendo juego con su atuendo estrafalario, cuya música terrestre anuncia que el músico proviene de lejana galaxia y que su nave ha sufrido dificultades técnicas. Por eso, amables terrícolas, me veo obligado a pedir dinero en este mundo, para reparar mi nave y partir de nuevo.

¡Si señoras y señores, turistas de todos los países del planeta tierra! Debemos ayudar a este alienado para que lleve un mensaje de paz a los futuros visitantes...

El guitarrista continúa proveyendo su horrible música de fondo.

 

Cuadro de texto: Imagen “reloj” 7:29 a.m.

El tren se ha detenido. El juglar pretende interpretar una tonada Beatleriana. Un crimen más contra el arte. Espectáculo patético. Oda a este tren moribundo. El altavoz hiere los sentidos con un chirrido agudo que anuncia a la razón el motivo por el cual se ha detenido el tren. Tal vez un suicidio o un homicidio en la estación siguiente, nos explica el sentimiento. De cualquier forma una tragedia porque los pasajeros llegarán tarde a los trabajos y los jefes no aceptarán la excusa compartida por miles de personas.

El Otelo-Judas no se inmuta. El guitarrista insiste y por primera vez la lírica tiene sentido en la tonada de Simón y Garfunkel: The Sounds of Silence (Las Voces del Silencio).

El tren continúa su marcha forzada como si hubiera sobrevivido a un ataque en su corazón de acero. Detallo los rayones, las firmas, los seudónimos pintados a chorros por la manía. Busco mensajes de esperanza, mas desisto. Aún no ha llegado el Mesías del graffiti a anunciar el fin de la pesadilla juvenil. Hay caos de colores rabiosos en los trazos. Más bien, como dice el juglar en la canción... “la voz del profeta está escrita en una pared del subway...”

 

Cuadro de texto: Imagen “reloj” 7:38 a.m.

En la nueva estación, una manada de estudiantes se abalanza dentro del tren. La algarabía recordaría un ataque indio de no ser porque los gritos son asonantes. Unos aúllan, otros ríen. Todos gritan por su lado. Las muchachas hispanas y morenas hablan a todo pecho. Caminan errantes por los vagones en busca de otros estudiantes.

Cuadro de texto: Imagen “reloj” 7:40 a.m.

Nuevo anuncio de altavoces.

“¡Este tren se declara fuera de servicios” Y a duras penas ha llegado a la parada. No se dan explicaciones.

¡Al diablo con las explicaciones! ¿Quién se cree que es usted, infeliz y atorrante pasadero que viaja en las entrañas de un monstruo enfermo y aburrido? ¿A qué preguntar el motivo de que el monstruo haya expulsado, defecado esa masa humana?

Los pasajeros desorientados, desconcertados, cansados, furiosos, indignados, hartos, no tienen más remedio que apearse y comerse su ira o emprenderla con otras víctimas.

“¿Qué mira usted?” Se trata de una mirada extraviada.

“¡No empuje zoquete!”y él también empuja.

Cuadro de texto: Imagen llamada “Subway-2”Miran a todos lados buscando responsables. Un cuerpo para esa voz, esa odiosa voz afónica que inunda la estación. Desafortunadamente no hay sino víctimas a la vista. Los Subwaynautas miran confundidos e impacientes sus relojes. Con gusto cambiarían su alma por un parón o estirón del tiempo. No se dan cuenta de la futilidad de una vida dentro de un sistema cavernoso creado para el progreso. Ni de que hay otras alternativas. Hay salidas. El solo pensamiento se traduce en libertad.

 

Salir de la estación. Respirar el aire, aire fresco, cualquier clase de aire, otro tipo de atmósfera que no sea el aliento asfixiante del dragón metálico. Mirar el cielo azul, algo que garantice que aún hay vida después del subway. Otra visión diferente a las sucias plataformas, a los transeúntes infelices del subterráneo.

No ser ya parte de la masa. Caminar sin ser empujada. Escapar al invasor cansancio. Necesidad de ver caminos y salidas.

Coger un día libre, porque agobia los sentidos la oscuridad “iluminada” por las luces sucias, mortecinas.

Tomar las riendas de mi destino. Esta se ha convertido en mi prioridad a las 7:49 de la mañana.

 

Las Termitas

“R

oen por dentro la madera. Cavan túneles y pasadizos secretos. Su presencia se hace evidentes un buen día, cuando se desmorona un mueble, se derrumba una pared, se hunde un piso o se desploma una casa entera.  Son los descendientes directos de una antigua raza destruida hace tiempo por la ira divina”. ___

 

A simple vista aérea, las termitas eran una sociedad invisible, que enseñaban a sus hijos lo que hacer en cuanto desarrollaran sus afiladas fauces.

“Hijo,” cuenta la leyenda que dijo Termófilo una vez a su primogénito, “el mundo es tan malo y corrompido que hay que actuar de igual manera si se quiere progresar en la vida. Aquí la ley es la de la mandíbula más fuerte. Aquel de los dientes más grandes y afilados tiene más oportunidad de sobrevivir.”

Sin comprender lo que le decía su padre, pero lleno de orgullo termítico, el pequeño Termín comprobaría poco a poco y a mordiscos, que si no afilaba los dientes, el vecino se le comería el pedazo de madera que le correspondía. El hecho pondría en duda su genuinidad como termita.

No era necesariamente cierto en aquella sociedad, que para ser un comején había que nacer royendo. Había que aprender a roer y a ser termita. Era la filosofía reinante en ese entonces.

Para obtener el grado de termita, Termín tuvo que lanzarse a la tarea desenfrenada de roer y roer y roer todo el día, teniendo en cuenta que al roer se estaba alimentando y al mismo tiempo desempeñando las funciones importantes en su vida y en la vida de todo animalejo viviente, esto es, trabajar para subsistir y afirmar su existencia.

Cierto -Termín terminó por entender- que se estaba convirtiendo en un comején más, pero uno que luchaba por su calidad y vivía en rivalidad constante con todo el termitero para mantener su individualidad.

Eventualmente la termita envejecería resignada a aceptar que el miembro común de un termitero nacía, crecía, se reproducía y roía hasta morirse. Algunas veces alguno dejaba de roer tiempo antes de su muerte, pero este mismo hecho determinaba el fin de su vida pues al anularse su función digestiva el comején se condenaba automáticamente a la muerte por inanición. Como en aquella sociedad se desconocían las leyes de la prolongación de la vida, termita que moría, comida que quedaba a disposición de otros para ser consumida.

En fin, para explicar esas funciones, se escribieron muchos libros entre los comejenes Intelectuales. Dignos de recordarse fueron Termístocles y Aristérmico, cuya función principal consistió en roer con desenfreno volúmenes enteros en las bibliotecas. Durante la Edad de Oro de las Termitas, los libros comejénicos trataron de muchas especialidades y tuvieron mucho éxito los tratados filosóficos del gran Termón, sabio éste sin cuyas bases de sabiduría comejénica hubiesen quedado muchos libros en los estantes de las librerías sin roer. Su obra principal, “El Fenómeno de las Termitas de Boca Pequeña” se convirtió en un clásico entre sus congéneres.

Otras obras se escribieron, pero ninguna superó a “Termitas Subdesarrolladas”, código de principios sociales para los comejenes cuyo autor permaneció anónimo. Luego vino, “El Sexo y las Termitas”, la obra de Termantes que se convirtió en éxito de librería hasta que los moralistas lo censuraron por considerar que atentaba contra la naturaleza comejénica y terminaron royendo la obra.

Como toda termita decente, Termín se preocupó por enviar a sus hijos a la escuela para que aprendieran y asimilaran las tradiciones de su civilización. La sociedad comejénica no deseaba un exceso de termitas ignorantes. A su vez, los comejenes educadores debían guiarse por los tratados de cómo abrir y cerrar las fauces y obtener bocados de madera más grandes.

 

Toda termita aspiraba a cualquiera de estas dos condiciones porque daba prestigio y a eso se llamaba triunfar en la vida.

 

En el universo de los comejenes existía el concepto de un dios generoso que proveía a la especie de mesas y tablones, sillas y escalones de robles, de encinas, paredes y techos de cuanta calidad deliciosa de madera existía en el mundo. Termael, un comején progresista, examinó y describió las funciones de este dios misterioso y fue el primero en establecer que se trataba necesariamente de otra criatura, más grande quizás, pero en todo caso de la misma calaña que los comejenes.

Hubo una época en que un grupo de termitas liderado por Terminia se unieron para predicar que una sociedad ideal sería que todas las termitas royeran igual, ni un pedazo más ni un pedazo menos que el resto de sus contemporáneos; la nueva doctrina promovía una sociedad razonable donde, si había una sola tabla, esa tabla había que compartirla con todo el mundo. Pero habiendo termitas tan bien situadas en la escala social y con tanta experiencia en su roedora misión, alegaron que no era lo mismo estar en un escritorio de roble que en un banquillo de triplex. Se aconsejó a los comejenes progresistas mantener el patrón económico de ese entonces pues de otra manera el equilibrio social de los termiteros se derrumbaría. No se podía remediar a los que nacían con fauces débiles. Era cuestión de suerte.

 

Durante un tiempo esta raza de comejenes trató de organizarse para sobrevivir cómodamente. Se inventaron leyes y prodigios para mantener bajo control a sus miembros más ignorantes y por lo tanto a aquellos que traían más problemas sociales. Pero aquellos que imponían las reglas, inventaban también su inmunidad.

Con los años, los comejenes se multiplicaron de tal modo que la civilización termítica comenzó a degradarse. Termusa, una termita dedicada a la ciencia y poseedora de gran sentido común insinuó que había un problema obvio y sin miedo alguno lo fue comunicando: “Señores, sucede que comemos madera, y ya se han escrito muchos libros al respecto. Vivimos de madera y existen bibliotecas enteras sobre el asunto. Hay expertos por doquier enseñándonos cómo consumirla. Pero, ¿y cuando se acabe esa madera?”

“¡Es una alarmista!”- dijeron las termitas economistas, así como los comejenes con grandes intereses en la industria.

“La termita esa es una paranoica!” dijo la prensa y todos aconsejaron que no había que hacerle caso. La duda sobre la decadencia de la civilización persistió sin embargo en los escritos de Coménico, una termita que expuso sus ideas en artículos y discursos, ensayos y libros.

“Termitas del mundo! nuestras reservas de madera se agotan y nosotros seguimos royendo sin parar. De ahora en adelante tendremos que racionarnos...”

No bien había terminado de hablar cuando una lluvia de bolitas de aserrín cayeron sobre su cabeza. Hubo un grupo pequeño de comejenes seguidores del maestro que tomó la advertencia un poco más en serio y dando ejemplo de sacrificio dejaron de roer por una hora al día. Entonces, las que vieron que había bocados disponibles, abrieron más grande que nunca sus fauces y se los fueron tragando sin pedir permiso a nadie.

 

“¡Debe de haber una manera de controlarnos!” se dijeron los comejenes idealistas. Las termitas se multiplicaban aceleradamente, agregando el problema de la explosión termigráfica al de la subsistencia. Nacían millones de comejenes por minuto. Alguien sugirió que la única solución era controlar de alguna manera los nacimientos. Algunas termitas estuvieron de acuerdo pero otras se aferraron a los métodos convencionales. De cualquier manera notaban que mientras menos apareaban más comían y que de igual forma los que sí apareaban traían más bocas de termitas al mundo. " sociólogos lo explicaron como una crisis social combinada con sexualidad disfuncional.

 

Un organismo de gobierno en el termitero propuso que la única solución que quedaba era declarar la guerra a las termitas que habitaban en “El Ropero de Roble” puesto que éstas aún tenían madera suficiente para alimentarse. Si los comejenes se lanzaban a la batalla y salían vencedores podían muy bien despojar a los perdedores y almacenar las reservas. Las protestas de las termitas pacifistas fueron acalladas por la multitud que alegaba que se estaba liberando al mundo de la excesiva población a la vez que se estaba dando de comer a los que se estaban quedando sin alimento. Cada bando defendió su punto de vista con igual pasión.

En las guerras, que no trajeron solución real, se consumió más madera que nunca pues hubo que fabricar armas para la defensa.

“Si no encontramos una pronta solución vamos a tener que comer del aserrín que forma nuestro excremento” anunció el portavoz de un organismo de emergencia.

Aquella no hubiera sido una mala idea del todo, si no hubiera sido porque algunos se las ingeniaron para hacer trampa. Los que se sacrificaron y comieron excrementos de aserrín, vieron impotentes cómo los egoístas se comieron los pedazos en reserva.

 

Surgió Nicomején, gran líder que predicó: “La misión de las termitas es más noble que roer y comer madera. La misión de un comején en este mundo es más noble que eso. Cada termita aporta a la civilización de nuestra raza con su trabajo, con su lucha. Cada hueco que se haga, cada pasaje, cada túnel, es una huella nuestra, es la huella de nuestra generación y ejemplo que marca nuestro paso hacia el futuro. Todo comején debe olvidarse de sus intereses personales y trabajar en beneficio de esa sociedad en la que vive. Los comejenes que se desvíen de ese propósito con su comportamiento o malas ideas serán castigados.

Las predicas exaltaron el ánimo de las termitas, tanto el de los seguidores de Nicomején como el de sus enemigos, de tal forma que se iniciaron revoluciones y un verdadero caos se desató en la sociedad termítica. El trabajo roedor cesó y comenzó la lucha por el poco espacio que quedaba. Ya no había madera que comer y mucho menos en la qué sostenerse.

“¡Hay otros mundos!” se le ocurrió a una termita de nombre Noején como último recurso. Noején pidió que se construyeran naves espaciales de los pedazos que quedaban en las reservas secretas, Mientras tanto se declaró el estado de emergencia.

Cuando los huecos eran enormes y la madera crujía, hubo un diluvio repentino.

“¡Que viene el diluvio! ¡Que viene el diluvio! El Señor nos castiga!” Túneles y canales comenzaron a inundarse y en ellos murieron ahogados comejenes jóvenes y viejos, ignorantes y sabios. Algunas termitas lograron milagrosamente llegar a la nave que Noején había construido. Otras no lograron escapar al colapso y se lanzaron para morir en el vacío. La mayoría pereció en el gran diluvio atribuido a la ira divina.

 

Eso es lo que cuentan los anales de la historia antigua de los comejenes. Pero si las termas hubieran tenido visión suficiente y otras facilidades, hubieran podido observar las manos del exterminador gigante que, portador de un gran tanque metálico y una enorme manguera, presionaba para liberar el líquido blancuzco y de olor astringente. Las aguas antisépticas inundaron túneles, canales y pasadizos construidos durante siglos de civilización y de cultura termítica.

Así consta en los papiros salvados por los pocos sobrevivientes que arribaron a un mueble cercano, virgen de historias, a comenzar de nuevo la misión de las termitas.

1976.