El
Bautismo del Conde
El del Quindío en primavera era un sol directo, benévolo y oloroso
a hierba. Típico del trópico, pero exclusivo de esa hoya
acunada por la cordillera andina y casada con la meseta
donde está asentada Armenia. Los reflejos plateados del
astro del mediodía sobre la superficie del río, ofrecían
un espectáculo muy singular. Como multitud de cocuyos, los
destellos fluctuaban en el agua y brindaban la ilusión de
un gigantesco joyero enclavado en el verdor eternamente
esmeraldino del lugar.
Las pisadas de las
mujeres sobre la tierra, cobraron velocidad impetuosa a
medida que descendieron la ladera. El peso de los bultos
de ropa sucia, equilibrado en sus cabezas, se añadió a la
descarga natural de los pies endurecidos, desnudos algunos,
protegidos otros sólo por la débil plantilla de la alpargata,
ahogando al fin el nostálgico repicar del campanario franciscano.
Se turnaron para
atravesar con su encomienda, haciendo gala de equilibrio
y coreando a medios gritos el paso de sus compañeras, primero
las que entraban y luego las que iban llegando al otro lado.
El murmullo romántico del río y el encuentro apasionado
del agua cristalina con las piedras, avasallaron a las mujeres
de tal manera, que sus sentidos se embriagaron de libertad.
Ellas, las seis, en todas las edades, dieron rienda suelta
a la alegría.
Cuando llegaron
al islote empedrado, en medio del hondo cauce, se afincaron
en sus respectivos territorios, descargaron los bultos y
con ellos improvisaron mullidos cojines. Aflojaron sus vestiduras,
adaptaron los sayones como si fueran mamelucos y se quitaron
las chancletas, optando por un contacto más directo con
las piedras.
-¡Ah! ¡esto sí es
vida!- exclamó Carmelita, la adolescente rubia y delgada.
La "vieja",
que aparentaba menos de cincuenta, sacó un tabaco que llevaba
escondido en el ruedo de una de las batas sucias. Jesusita
miró con picardía a Rosaura su sobrina, una muchacha regordete
que la seguía de cerca como si existiese entre ellas un
cordón umbilical. La sonrisa de su tía, casi por completo
desdentada, promovió la risa de las mujeres.
-¡Ay doña Jesusita!
¡se la va a comer el vicio!- observó Rafaela, muchacha alta
ella de buen cuerpo y caminar muy firme.
-No exagerés ole-
se defendió Jesusita añadiendo -¿cómo va a ser vicio un
tabaco al mes?
-A la semana- rectificó
su sobrina.
-¡Eso es lo que
confiesa ella, pero quién sabe cuántos le roba diariamente
al marido!
- Como se ve que
no estás casada con el tacaño de Elías- rezongó Adelina.
-Y ¿quién trajo
otra cosa en que entretenerse?- preguntó Migdalia, la mujer
de cabellera negra y larga con aires de matrona.
-Yo traje unas astillitas
de canela para masticar- apuntó Rosaura.
-Si, habrás estado
esculcando la alacena y descompletando las del desayuno
del viejo- le reprochó Jesusita.
-¡No señora! Ahí
quedaron todavía.
-Pues, yo traje
las cartas de la baraja- reveló Rafaela, sacándolas del
seno.
-Ay, qué bueno Rafaela.
Hace rato que no me adivinan la suerte- exclamó Adelina.
-¡Qué suerte ni
qué ocho cuartos! ¡Vamos a jugar un siete!- impuso Jesusita.
-Ya habrá tiempo
cuando acabemos. Pero apuesto que nadie trajo plata- dijo
Rafaela.
-No, pero traje
fiambre- contestó Carmela.
-Te lavo la mitad de los chiros- ofreció Migdalia -Nos los repartimos
por si ella tiene tiempo de adivinarnos el futuro.
Por la cantidad
de ropa del bulto de Jesusita, podía deducirse que Elías
era un viejo aparentón que se cambiaba todos los días para
impresionar a las hijas de los ricos que iban a lucir sus
trapos a la iglesia. Camisas y pañuelos estaban impregnados
de un aroma combinado a tabaco y a licor que ofendía la
fresca brisa del valle. De otro lado, el paquete de Adelina,
denunciaba más muchachos de los que ella y su marido podían
criar sin necesidades. Que los tenían "por no ofender
a Dios". Que el más grandecito, que tenía trece años,
todavía se orinaba en la cama y que el resto del reguero
humano que convertía en esclavitud la vida de una mujer
aún joven, todavía bonita, “era el castigo que le impone
al alma el cielo -como decían los curas- para exorcizar
los demonios de la vanidad".
-Y a vos ¿quién
te adivina?- le preguntó Rosaura, desviando por un momento
su atención de la labor de enjabonar la ropa.
-Nadie. ¡Reto al
que me diga tres o cuatro cosas que ya no las sepamos yo
o m'hijo Miguelito!
-Pues, aparte de
que sos viuda y que tenés un barrigón- puntualizó Jesusita
soltando una bocanada de humo.
-¡A ver m'hijas!-
invitó Carmelita, que había preparado su piedra de fregar
y se disponía a iniciar su labor.
-Empezá vos- decidió
Rafaela, ya mis esclavas te van a hacer compañía. Misteriosa,
la mujer sacó una gastada baraja.
Satisfecha su necesidad
de atisbar en el futuro, el grupo se afanó a terminar, buscando
para siempre deshacerse de la mugre y el mal olor, golpeando,
retorciendo y sacudiendo las ropas que vestían los maridos,
los hijos, los hermanos.
-¡Que bueno sería,
tener un genio que lavara ropa!- deseó Carmelita.
-Eso ya existe-
le informó Rafaela ¿no has visto las lavadoras automáticas
en el cine?
-Yo nunca he ido
al cine. Pero lo que me han dicho es que todo lo que se
ve ahí es mentira- aseveró Rosaura.
-No, boba. Qué va
a ser mentira. Lo que pasa es que son cosas de otro mundo.
-Pues a lo mejor
eso es lo que quise decir.
Y animadas por las
risas, Rafaela y Migdalia iniciaron la canción que les hacía
más mella en sus almas, soñadoras empedernidas.
-El tren lento va
partiendo... sobre los rieles de acero...- las demás mujeres
se unieron a la ilusión ... ! -Ay, ya se va...
-¡Silencio! !Cállense!-
ordenó Jesusita escondiendo el tabaco al escuchar unas pisadas.
-Shhhito!- insistió
Migdalia.
-¡Ay no se puede
hacer más silencio. El ruido lo hace el río!- protestó Carmelita.
Aprensivas aguzaron
el oído, midiendo primero la distancia que las separaba
del supuesto peligro. Escucharon, atemorizadas, su cercanía.
Vieron la rara figura aparecer, por entre los matorrales.
Vestía como un extranjero.
Como los cazadores de otros continentes. Protegía sus piernas
con botas de cuero café gastado. Cargaba un envoltorio del
que sobresalían tallos y flores. El temor colectivo disminuyó
cuando observaron de cerca al desconocido. Era un hombre
ya maduro, de configuración delgada, de ojos oblicuos y
apretados, nariz grandota y sonrisa burlona, inofensiva.
-¡Buenas tardes
señor!- ofreció Jesusita estudiando cuidadosa las intenciones
del extraño.
-¡Ah! las sirenas
de mis cánticos- fue la respuesta del grotesco pero sofisticado
personaje.
-Mi nombre es Julio César, tocayo del de la antigua Roma. Mi apellido
Cardona, el que ha distinguido a los de mi estirpe por más
de ocho generaciones.
Las mujeres callaron,
tratando de entender lo que sonaba a jeroglíficos.
-Nada temáis mis
dulces ninfas. Soy hombre de bien. Amante de la naturaleza.
Respetuoso de vuestras trabajadoras mercedes,- aseguró con
dulzura, sin dejar de sonar enajenado.
-¿Qué se le ofrece
señor?- le interrogó Rafaela alertando con su suspicacia
a las demás.
Cardona miró extasiado
las montañas, aspirando una bocanada de aire puro. Luego,
sacando un ramo de jazmines del envoltorio, lo brindó con
parsimonia a las cautelosas lavanderas.
-¡Mujeres de mi
vida! ¿Quién ignora la belleza de vuestro espíritu regenerador?
Hoy es un día especial para mí- continuó -y para todas aquellas
criaturas que tengan a bien compartirlo.
-Señor,- dijo Rafaela
-si viene a vender flores, no tenemos ni el tiempo ni la
plata para comprarle. Si viene a pasar el día por estos
lados, sírvase no interrumpirnos el trabajo porque los maridos
nos esperan en las casas pa’que les vayamos a cocinar.
-No es mi intención,
nobles damiselas, perturbar vuestra labor. Llanamente os
suplico que como criaturas que sois de este noble valle,
me sirváis de testigos en esta fecha señalada por mi hado
para el comienzo de mi gloria.
-Y este loco ¿de
dónde se escapó?- se preguntó Jesusita retornando más tranquila
a su tabaco.
-¡Déjelo tía, está
de lo más gracioso!- suplicó Rosaura.
-Bueno, pero manténgase
bien lejos porque si viene uno de los hombres le va a caer
a golpes.
-Hoy nadie tiene
más remedio que rendirme pleitesía- sentenció Cardona, escogiendo
un claro en la orilla empedrada para colocar el envuelto
y comenzar con toda ceremonia, a despojarse de su ropa.
-¡No, no haga eso
por favor!- le pidieron las mujeres, cerrando los ojos y
dándole la espalda en el momento que empezaba él a remover
sus pantalones.
-Quizás os deba
aclarar que de acuerdo con los sagrados ritos de mis antepasados,
hoy, que cumplo la mitad del tiempo que me queda en este
mundo, se me ha citado aquí para ser objeto de una ceremonia.
-¿Ceremonia? ¿Se
va a casar?- dijo Carmelita sin esperanzas de una respuesta
muy sensata.
-Es una ceremonia
en la que participan mis maestros invisibles y representantes
de las nueve comisiones- informó a las cada vez más confundidas
lavanderas.
-¿Qué va a hacer
con esas flores?- quiso saber Adelina.
-Tan pronto me sumerja
en el río, vosotras, si no es mucha molestia, deberéis pasarme
los jazmines por el cuerpo. Luego debéis tirarlos de inmediato
al agua.
El eco de las nerviosas carcajadas se confundió
con el chapuceo del hombre al caminar dentro del agua.
-¿Lo desnudamos?-
se consultaron maliciosas.
Tímidamente, las
mujeres se acercaron a Cardona; cogiendo cada una su jazmín,
abandonaron la orilla para entrar en las refrescantes aguas.
-¡Si mi marido me
viera!- imaginó sonriendo la Migdalia.
-Tiene cuerpo de
corredor- comparó Rafaela con su único punto de referencia.
-No tiene ni pite
de barriga- observó Carmelita.
Inspiradas por el
olor de los jazmines, y la ternura de sus pétalos, las figuras
femeninas se dejaron llevar por la fuerza arrolladora de
la corriente.
-Los maestros invisibles
acojan en su recinto al hombre que muere hoy para dar paso
al sabio!- recitó Cardona. Luego agregó: -Dad la bienvenida
al conde del Jazmín.
El cuerpo largo,
esquelético, tonificado por el frío emergió a la superficie.
Abriendo los brazos, permitió que una de las mujeres colocara,
a manera de toga, una sábana en sus hombros. Con entusiasmo
infantil, las mujeres se llegaron a él para delinear con
la caricia de las flores, aquel cuerpo que el tiempo ajaba
inmisericorde. En estado de éxtasis, lanzaron los jazmines
en el río, donde la corriente los devoró en su viaje sin
regreso.
-Entonad ahora un
himno- pidió el personaje -y tendréis en cambio mi bendición
eterna.
