AKUM, LA MAGIA DE LOS SUEÑOS

 

Jorge Vélez, Bogotá, 1995

 

Hay en la concepción general de Akum, la Magia de los Sueños, una visión fundamental, coherente, de esas atmósferas sumergidas -oníricas- a las que los niños brindan espontánea adhesión, porque dentro de ellas logran un paulatino ajuste a los difusos perfiles del mundo aparencial. En ese clímax de descubrimientos y de hondos sujetivismos se define la singularidad de la existencia de Maribel, la protagonista, primero como aventura-juego, después como experiencia, cuyos sedimentos forjan al ser y, finalmente, como conocimiento, ese proceso dramático de incertidumbre que sitúa al ser humano en una relatividad social, cultural e histórica.

Ese tratamiento de tema y personajes, está siempre precedido por la impronta vital de la niñez, entretejida de sueños, terrores y deslumbramientos, expresión de un entorno sociocultural, rico en contrastes, contradictorio y apasionado. Y todo ello a causa de los poderes propios de los niños, que los hace partícipes de las invenciones de la naturaleza, que les entrega algo en sus signos misteriosos, sus claves aún no profanadas y su metamorfosis.

Rigor y vuelo creador permiten al lector acceder a esa dimensión propia de la niñez, aquel umbral de lo maravilloso que representa los pasos iniciáticos, es decir, el tránsito de los esplendores míticos, lo que empieza a ser nombrado, asumido en la medida que va siendo descifrado e incorporado entre un si es o no es conciente al ámbito del yo ávido: el centro de las altas alquimias, haciéndose fruto de la individualidad y el ser social.

He aquí a grandes rasgos un poco de la temperatura de alto rasgo imaginativo, respaldado sin duda, por una sólida formación intelectual, pero, ante todo, por una gran autenticidad: es lo que revela este vivo y vigoroso relato de Gloria Chávez Vásquez.

Es sabido que el tratamiento literario de los materiales que configuran el variado y fascinante universo de los niños entraña dificultades de orden técnico de muy ardua superación; pero nuestra autora los resuelve con singular destreza en el manejo del idioma, y una audacia inventiva que termina por recrear la atmósfera con un contenido geográfico, humano, cultural e histórico donde se funden en un todo orgánico los recuerdos de la niñez, los sueños, las leyendas, las supersticiones, con un cortejo de duendes y apariciones, vale decir, una visión de hondo contenido telúrico, con un fondo folk, donde el juego se mezcla con el drama, el sarcasmo con el humor, la realidad con el sueño, y en donde persiste un anhelo de justicia y un atormentado esfuerzo por definir la identidad de un mundo. Una exquisita síntesis del signo antropológico, elevado a una gran dignidad estética.

Una niña, Maribel, es el personaje en el cual la autora condensa con extraordinaria sagacidad literaria los elementos de la infancia. La autora logra en el manejo de un tono límpido, álido y sugestivo, transportar al lector al reino de lo real-maravilloso, en medio de un ambiente hogareño, y en cuyos objetos se encuentran atrapados los recuerdos de generaciones pasadas. Dichas manifestaciones tratan de condicionar los patrones de comportamiento de las generaciones más jóvenes, todas ellas confundidas con sus respectivas generaciones de duendes, gnomos, legendarias criaturas que en la infancia de la humanidad representan el espíritu de las fuerzas naturales.

En uno de los momentos de desazón, la joven heroína, contrariada, más por los oleajes de su imaginación que por lo que ella llama la incomprensión de los adultos, inicia contacto con esos íntimos secretos de la naturaleza a través de la lectura de un libro de cuentos. Y se inicia la aventura: la realidad revierte en una suerte de magia y se establece el diálogo de la niña con lo inefable. En el curso de la narración la escritora logra crear un clima diáfano donde todo es natural, pleno: el mundo de los sueños, los personajes reales e imaginados se confunden sin artificio porque en el fondo, la niña Maribel ha empezado a comprender que el sentido profundo de la vida reside en la capacidad del ser humano de integrarse en la contradictoria unidad y diversidad de la naturaleza.

Finalmente, destacaremos tres aspectos que definen las calidades de escritora de Gloria Chávez Vásquez __

Primero, el equilibrio de su lenguaje, el cual establece por virtud de un movimiento verbal transparente y rico en hallazgos poéticos. Su visión de vehículo comunicante y de instrumento de una individualidad expresiva, porque la palabra ejerce su misión reveladora de esencias subyacentes en el envés de la realidad y las intracciones entre cultura, medio ambiente y dinámica social.

Segundo, la concepción orgánica bien articulada del relato en el cual el universo infantil es recreado. La escritora no omite ninguno de los rasgos esenciales de lo particular que se realiza en lo universal: los sentimientos filiales, los dones vernáculos, el encuentro con la solidaridad y el compañerismo, el amor y la procreación. Todo ello entretejido de peripecias en el curso de las cuales la imaginación se abre al vertiginoso movimiento de una realidad, que, por propia, tiene el poder genésico de modelar el comportamiento, a la par que es transmisor de la carga vital sustentada en la visión mágica y el esplendor lúdico.

Y tercero, la perfecta urdimbre que constituye la animada galería de personajes, reales e imaginarios, surgidos del recuerdo ancestral y personal, y que se integran en un todo orgánico. El mundo infantil, el círculo de abuelos, padres, primos, tíos, hermanos, naturaleza y flores, plantas, frutos, animales, agua, minerales se concentran en el espacio y en el tiempo, en un ámbito altamente humanizado que la autora plasma magistralmente con su limpio manejo de la técnica literaria. Las herramientas del oficio son utilizadas en AKUM sin artificios retóricos. El resultado es un limpio y magnifico diseño, en claro-oscuro, del paisaje eterno del alma de los niños.

225 pgs precio $14.95 US whiteowl.editions@verizon.net

 

Los Guaqueros

 

Se internaron en lo más profundo de la floresta. Cada árbol, cada planta, cada flor, le parecía a Maribel parte de la más exótica vegetación de la selva, contenida sólo en el libro de las especies desconocidas.

La débil luz de la vela escasamente competía con la luz lunar, pero tenía el poder de revelar por momentos, las figuras de los pájaros nocturnos, criaturas de colores invisibles al ojo humano, escondidas en el encanto de la noche. Los animales del bosque descansaban en sus refugios, en sus húmedos huecos o en sus cálidos nidos. Las sombras móviles aparecían o desaparecían como relámpagos en el camino.  Otras, más cautelosas, se camuflaban en la negra espesura. Los ruidos eran una adición impresionante y necesaria a las visiones igualmente tenebrosas. Maribel ya empezaba a arrepentirse de haber sido tan curiosa.

"Mejor que regresemos", susurró a los enanos, "ya es tarde y mañana es el primer día de escuela. Otro día volveremos", Ninguno de los dos parecía hacerle caso, pero cuando los pájaros percibían su voz, estallaban en un solo canto de notas misteriosas. No había ni señal de que la caminata terminaría pronto.

"¡Chiiichítaaaaa!" el eco de aquella especie de lamento llenó el bosque.

"¡Son los grillos boba!" la "tranquilizó" el maestro Dientelargo. El viejo, que no paraba de refunfuñar, comenzó a narrar una interesante historia que logró desviar la atención de la niña del tenebroso espectro de la noche.

"Hace muchos, muchos años, los gnomos podíamos ir a donde se nos diera la gana. Había pasajes por todos los lugares del mundo. Bueno, por casi todos. En algunas partes los habitantes nos cerraban las salidas. Con el tiempo, los fueron cerrando más y más. Y la gente se olvidó de nosotros. Aún así, construimos más caminos. Pero los antiguos senderos eran tan hermosos que muchas criaturas respetables compartían gustosas nuestras aventuras. Eventualmente, y cuando las sociedades humanas se hicieron más complicadas, nosotros mismos sellamos las entradas y salidas para protegernos y a nuestros secretos.  Perdimos comunicación con nuestros primos en aquellas regiones a donde solíamos viajar por vía directa en menos de lo que tardo en hacerte el cuento".

"Aún así, nos las ingeniamos para seguir viajando. Pero hay otras razones por los cuales la gente ya no puede vernos", concluyó Diente.

"¡Pobrecitos!"

"¡No nos tengás lástima!" Nosotros seguimos poseyendo los secretos de la naturaleza. Y estamos siempre alerta para compartirlos con los sabios. Los demás perdieron el contacto y me parece a mí que se han convertido en seres tan mediocres que ya no tienen razón de vivir".

"Y ¿por qué no abren nuevas entradas?"

"No es fácil", respondió Chi.

"El problema comenzó" continuó diciendo Dientelargo, "cuando se perdieron los tres libros de Yodín. En ellos estaban escritas las claves de los siete poderes".

"¿Quién es Yodín?" preguntó intrigada Maribel.

"El guardián de la sabiduría, uno de los maestros de la Hermandad," informó Diente con un optimismo que sorprendió a la niña.

"Hermandad?" la palabra misma sonaba misteriosa.

"La Hermandad de la Pluma Blanca, una logia compuesta por magos, hechiceros y personas muy especiales", replicó Diente.

"Y ¿quién se robó los libros?" preguntó ella.

"Uno de sus aprendices. Dicen que lo robó para entregárselo a un hombre muy ambicioso, que planeaba conquistar el mundo y quien le prometió compartir su poder sobre los hombres",

"Y ¿entonces qué pasó?"

" ¡Que se traicionaron mutuamente!" contestó el gnomo.

 "Está escrito en los libros de Yodín: El mal se destruye solo, "citó Chi orgulloso de saber bien la lección.

"Y ahora, ¿dónde están esos libros?"

"Dos de ellos fueron recuperados con la ayuda de Akum, un príncipe guerrero de la raza Chibcha a quien, en gratitud Yodín nombró Gran Guardián de estas tierras. Pero aún hace falta recuperar el tercero y Yodín no ha vuelto a confiar la custodia de los libros a nadie. Cada vez que hay accidentes como éstos hay que empezar por deshacer las estupideces cometidas durante la locura que produce el poder. Pero, ya he dicho demasiado".

"Podemos hacer que se le olvide todo, maestro", se le ocurrió a Chi.

"¡A mí no se me olvida nada!" anunció la niña provocando una mirada de complicidad entre los dos enanos.

“Y ¿cómo es Agmmandiel?”, preguntó Maribel cuando los enanitos pisaron el claro rodeado por un tupido círculo de árboles.

“Ya sabrás cuando aparezca”, dijo Diente exigiendo silencio con un gesto. Luego, haciendo gala de gran dramatismo examinó el terreno. Hizo ademán de escuchar. Se aclaró la garganta y dio tres patadas con el pie derecho. Sorpresivamente, produjo un silbido tan agudo, que pareció provenir de un ave extraña y no de la pequeña garganta del enano. Una ráfaga apagó la vela. Un claro de luna prevaleció en la atmósfera.

 

Como respondiendo al ritual, un torbellino emanó del suelo rodeando al trío. Por alguna razón desconocida, el polvo provocado por el fenómeno comenzó a resplandecer como una lluvia de estrellas diminutas. Una energía misteriosa irradió todo a su alrededor. Una explosión silenciosa, de color verde y azul emitió la hermosa figura de un pájaro de largas plumas, de anchas alas, de cresta plata y oro, en su cola los colores del arco iris. El ave ascendió velozmente, más allá del fenómeno que lo había producido. Cuando ya las luces se esfumaron para dejar tan solo el azul lunar, el pájaro descendió a gran velocidad mientras iniciaba una transformación fantástica.


  En un abrir y cerrar de ojos, el ave se transformó en un muchachito indígena de excepcional belleza. Su pelo, del color negro azulado del cuervo, estaba cubierto con una coronilla de flores blancas. De su cuello pendía un collar de cuentas de colores. Llevaba puesto un taparrabo y unas alpargatas finamente tejidos con cabuya. En un momento dado, el muchacho, que parecía levitar, saltó a una rama en donde se posó con sus propias intenciones.

“¡Saludos, hermanitos del bosque!” dijo con una risa maliciosa. Sus grandes ojos del color del ámbar, brillaron como luciérnagas en la noche. Maribel trataba de decidir si el chico era duende, indio o ambas cosas, cuando la criatura entonó un cántico que invitaba a la ensoñación:

Oro llevo entre las manos
Y al metal su forma doy
Soy espíritu del árbol,
Soy espíritu de amor
Soy el ángel de los niños
Soy el mismo que ahora soy.

Agmmandiel vive en las rosas
Agmmandiel cuida el clavel
Agmmandiel sirve a las plantas.
¡Y nadie le puede ver!”

 

“Excepto nosotros, ¡rapaz!" exclamó Dientelargo cruzando los dedos de ambas manos como si con el gesto asegurara la presencia del muchacho.

“¡Soltá brujo enano!”, gritó Agmmandiel adolorido, llevándose las manos a las orejas.

"¡Suéltelo, señor Diente!", le suplicó la niña mientras el enano controlaba con la vista los movimientos del indiecillo, no mayor en estatura que la niña.

"¡Es hora de que nos des la respuesta a tu tonto enigma! Necesitamos ver a Akum con urgencia!", demandó Diente.

“Es que la respuesta al enigma es la clave de la montaña de Akum”, le explicó Chichi a Maribel.

"Pero, ¿qué quiere decir?” A duras penas podía recordar los versos, mucho menos adivinar su significado.

“No se sabe. Él se niega a revelarlo y nosotros no damos pie con bola."

“Prometéme que nos darás una pista”, le exigió Diente con una mirada malgeniada. "Y que no nos jugarás una de tus tretas."

"¡Sí, lo prometo, lo prometo, pero soltáme!”

Cuando Diente descruzó los dedos, Agmmandiel lanzó un suspiro de alivio. Pero al momento, se incorporó enojado:

“¿Qué es lo que buscás viejo condenado?"

"¡Las guacas que nos escondés!"

“¡Preguntále al que todavía tiene el libro de Yodín!"

“Nosotros nada tenemos que ver con el asunto...”

“Pero vuestra tontería os hace vulnerables a la maldad...”

Dientelargo se dispuso a renovar la tortura cuando intervino Maribel.

“No más por favor, ¿no que no le gusta que le obliguen a hacer lo que no quiere?”

"¿Quién es esta niñita y qué hace aquí?”

“Quiere conocer a Akum", le informó Diente con ironía.

“No es imposible”, dijo Agmmandiel “si nos puede ver es que tiene algún talento, pero habría que ver cuál es”.

Haciendo uso de un encantamiento, Agmmandiel produjo una ramita en forma de horquetilla, la cual apareció primero suspendida en el aire y cayó luego a los pies de Chichigua.

“Esto es mejor que un mapa, hermanito. Seguí tu instinto. Pero si quebrantas las reglas, nunca encontrarás guacas por estas tierras. Para cuando termine el encantamiento, serás experto oledor de entierros indígenas”.

“Gracias muchas, gracias”, dijo Chi recogiendo la rama.

“Y ¿pa’ que querés ver a Akum?”. Mientras bajó del árbol flotando, Agmmandiel dedicó su atención a la niña.

“Está buscando por poderes mágicos,” le adelantó Diente.

Agmmandiel se rió todo el camino al suelo. Cuando aterrizó al lado de Maribel, la miró a los ojos y le dijo muy seriamente: "Ya nadie tiene acceso a esos poderes. Ni siquiera los duendes. Y Yodín nos ha sentenciado: la próxima vez que le facilitemos el poder a un ser humano, seremos condenados a servir a las piedras”.

“Yo no quiero poderes, ni objetos mágicos”, aseguró Maribel, “tampoco quiero meterlos en problemas ni nada que se le parezca. Mi único deseo es poder hacer las cosas bien hechas y que la gente grande me entienda de una vez por todas."

“Quizás sea más fácil que vos entendás a la gente”, le sugirió el chico.

“Pero, es que parece que no hay gente buena. Ni siquiera en los cuentos de hadas."

“No es cierto”, protestó Agmmandiel secundado por los enanitos. "Talvez debás aprender a diferenciar entre lo bueno y lo malo. ¿Es que no te lo enseñaron tus mayores?” preguntó Agmmandiel con curiosidad. “O, es que estarás buscando sabiduría”, concluyó el duende indio con una sonrisa de certeza, “porque en ese caso es muy posible que tengás el talento que Akum busca".

Para acabar de confundir a Maribel, Dientelargo le resumió con su habitual dureza: “pero primero tenés que resolver el enigma”.

"¿Cuál enigma?" preguntó ella desanimada.

“La adivinanza”, le recordó Chichi como si fuera de conocimiento público. Agmmandiel recitó el poema para refrescarle la memoria.

“Pero, ¿qué se supone que yo diga?" preguntó la despistada muchachita.

“Una palabra. La palabra que comenzó toda esta bobería", replicó Dientelargo compartiendo la frustración de la niña.

"¿Una palabra? y, si adivino ¿podré ver a Akum?", preguntó esperanzada.

"Cuando la encontrés, deberás pronunciarla frente al Puente de las ilusiones”, dijo.

“¿El puente de qué?”

“El puente que lleva a la montaña de Akum por supuesto”, agregó divertido el duendecito.

Aquello sonaba como la gran aventura. Nada que ella pudiera hacer con el permiso de sus padres.

“Me gustaría ser tu guía. Akum necesita ayuda de los humanos”, rió el chico. Maribel no sabía si hablaba en broma o en serio.

“Este rapaz siempre está tramando algo", le advirtió, Diente. Maribel, por el contrario, sentía que podía confiar en él.

No sabía qué pensar. Su primera pregunta era, ¿cuántas letras tenía la palabra mágica? ¿Sería tan fácil encontrarla como en el juego del ahorcado en el que ella era campeona? ¿O tendría la lógica de las adivinanzas?. La intrigaban los ojos hipnóticos de Agmmandiel. Le recordaban inevitablemente a Micifú, el gato angora de la abuela. Y no eran esas flores que llevaba en su cabeza, las mismas que tenía sembradas Mamita en su terrario? Y las espléndidas plumas de ave celestial, ¿no había ella soñado ... ?

"¡Niña!, tenemos que irnos antes de que canten los gallos”, anunció Diente con mucha prisa.

Agmmandiel se había evaporado delante de sus propios ojos. Cuando quiso pedirle una pista sobre la palabra misteriosa, era demasiado tarde. De todos modos, la imagen del chico se adivinaba entre las hojas y el tronco de los árboles. Una ardilla saltó del mismo lugar que antes había él ocupado. Maribel se volvió para buscar a los enanitos pero también se habían esfumado. Estaba sola, allí, en medio del bosque. Ya no había ni siquiera ruidos ni sonidos extraños. En aquel momento cacareó un gallo.

"¡Espérenme, Chichigua, Diente!”, llamó sin resultados. Quería confesarles que no sabía el secreto de la leche en polvo. Pero que podía cogerla de la cocina cuando quisiera. Se sintió mejor cuando descubrió que se habían llevado el pocillo. Sólo contaba para regresar con la luz de la alborada.

Los rayos solares atravesaron felizmente la ventana anunciando el primer día de escuela. Maribel despertó en su cama tratando inútilmente de recordar su sueño.

 

 

El Valle de los Espantos

“N

os regala uno de sus hijos?”, preguntó el joven buen mozo parado en la entrada de su casa. Venía acompañado de una muchacha muy bonita. La presencia de ambos hizo sonreír a Herminia.

Las visitas de Josué y Deyanira eran tan imprevistas como llenas de misterio para los chicos. La pareja, que no había podido tener el hijo que tanto anhelaba, frecuentaba la casa, quizás para hacerse a la idea de lo que era una gran familia. Los niños les llamaban tíos y nadie cuestionaba el parentesco. Familia o no, sus visitas causaban gran revuelo.

Josué, que trabajaba en construcción, tenía la voz de un locutor de radio y la figura de un actor de cine, cosa que le daba relevancia a sus palabras. Podía haber sido un declamador, pero su mamá decía que en su pueblo eso era considerado vagancia y él y su esposa se hubieran muerto de hambre. Deyanira parecía la sirena que Maribel había visto en el dibujo de un cuento de hadas. Tenía el cabello largo y ondulado, piel blanca como la porcelana y un cuerpo pequeño y bien formado. Era una mujer muy agradable, siempre al lado de Josué, apoyando sus cuentos, proveyéndose con los sonidos de fondo y los comentarios. Se habían casado muy jóvenes pero actuaban como recién casados. Disfrutaban del mundo de los niños, y parecían divertirse juntos.

“Escojan el que quieran”, les dijo Herminia invitándolos a entrar.

“Vamos a ver Deyanira”, dijo estudiando las caras de los chicos, “¿con quién nos quedamos?” .

“Denos una muchachita”, dijo ella.

“Algún día sabrán lo que es criar hijos” -se quejó la mamá- “entonces vendrán a pedirme que me quede con los suyos”.

Sentados en la sala de su casa rodeando la pareja, preguntándose si sería cierto que pensaban regalarlos, Maribel, Miriam y Papito no osaban moverse de sus puestos. Temían la decisión de la madre, o peor aún, el anuncio de que tendrían que acostarse y perderse así los cuentos de terror que contaría Josué.

“Cuando yo era pollo”, comenzó él, “trabajaba en la finca con mi viejo, como cualquier hijo de peón, y después de pasar unas cuantas horas en la escuela. No es que mi papá que estudiar era menos productivo, pero él siempre pensó que uno aprendía más rápido trabajando. Desde muy joven me enseñó a sembrar. Decía él que uno aprende paciencia esperando a la cosecha de café, maíz, yuca o arracacha. Aprendía uno también a distinguir las matas de la maleza y el rocío de la saliva de las brujas".

Sí. Las brujas escupían en las hojas y había que estar muy alerta para no ir a tocar su saliva envenenada. Por las noches, las malditas se paraban en los techos de las casas, las muy arpías, como pájaros nocturnos acompañadas de los sonidos tenebrosos del currucutú y del chichíta.

“Tengo sueño”, anunció el Papito.

Mientras la madre llevaba el niño a la cama, Miriam vino a sentarse junto a Maribel para aferrársele del brazo cada vez que Josué y Deyanira cambiaban el tono de la voz o mencionaba el nombre de las terribles, criaturas que habitaban la foresta. Maribel sintió la sangre congelársele cuando Josué describió el valle, el mismo que se divisaba desde el balcón trasero. De día, era luminoso, mas de noche, un mar de negras sombras, como describía el narrador: sin luna, sin estrellas, sin esperanza. De día y mirado desde lejos, el río era una visión maravillosa. Una bella y vigorosa carretera plateada. De noche y escondido en la espesura, era una amenaza rugiente, una negra pantera lista a saltar sorpresivamente.

Un viento frío azotaba los árboles y silbaba en los oídos -mientras unas manos húmedas parecían acariciar los cuerpos asustados- canciones macabras que sonaban pájaros fantasmales en el lamento de los búhos, y otros pájaros nocturnos. La voz de Josué se oía cavernosa, como única compañía en aquel tormentoso valle cuyo fondo interminable era el río. Las dos hermanitas, cogidas de la mano, marchaban de prisa, antes de que llegara la media- noche, el momento en que los espantos serían los dueños de la noche y ellas caerían en sus garras sin esperanza de salvación.

De repente, cuando ya percibían la débil luz de la casita junto al río y respiraban un poco más confiadas, apareció delante de ellas una criatura.

“Un pichón”, exclamó Miriam encantada.

El animalito parecía un pollito extraviado. Lo siguieron. El pollo se acercaba por momentos y a veces se alejaba. A tiempo recordó Maribel lo que le había contado un día Amanda. “¡Es el pollo maligno!”, le susurró a su hermanita, “no es un pollo de verdad”.

Era la criatura nocturna que sustraía a los caminantes de su ruta para conducirlos hacia la profundidad del valle. Cuando se daban cuenta, estaban perdidos. Luego aparecerían muertos o ahogados en el río.

" No, no lo sigamos. Recemos. Si nos parece que está cerca es porque se habrá ido”.

“Es al revés”, la corrigió Miriam.

“No. Es así. Es un engaño”. Y se pusieron a rezarle al Ángel de la Guarda.

Ya parecían haberse salvado del avechucho, cuando un golpe persistente les hizo gritar: '¡La patasola!" y aterrorizadas salieron corriendo cada una por su lado.

Maribel corrió, el corazón saliéndosele del pecho, cayéndose, levantándose, llorando, rezando y de pronto percibiendo que su hermanita había desaparecido. Se le hizo un nudo terrible en la garganta, tan apretado que no le salían las lágrimas. ¿Qué le iba a decir su mamá?. Ella, la mayor, responsable de sus hermanitos menores, había sido cobarde. Había abandonado a su hermanita.

“¡Agmmandiel! Ayuda por Diosito a mi hermanita. Llévala sana y salva a la casa”.

El horrible y monótono golpe de la Patasola la persiguió hasta el río. La voz de Josué se escuchaba como un eco en la lejanía. Cuando ya se oían las cascadas y la corriente de agua rompiéndose en las piedras, surgió la figura grotesca de una mujer deforme, de cara diabólica y orejas puntiagudas. Aunque lloraba parecía burlarse de la niña.

“!Mi hijo, mi hijo!”, gemía la mujer alzando sus manos ensangrentadas. La niña reconoció a la Madremonte. Reía tan cruelmente que ponía los pelos de punta. Maribel gritó llamando a su hermana. Agmmandiel tampoco aparecía. Sólo escuchaba la voz de Josué sonando más cercana.

“No le pongas cuidado”, decía él, “podrías ser su próxima víctima”.

Josué estaba ahora en medio de la sala: "Todos tememos a la oscuridad. La clave es tener coraje para manejar el miedo y no dejar que el miedo nos maneje a nosotros”.

“¿Dónde está Miriam?” preguntó Maribel preocupada, temiendo decirle a su mamá que la había perdido en el Valle de los Espantos y deseando con toda su alma que hubiera encontrado el camino.

“Se quedó dormida y la llevé a la cama”, explicó su mamá. Maribel respiró aliviada.

“Gracias Agmmandiel”, y en el fondo se prometió nunca más dudar de su amigo.

“No dejes que sueñe con monstruos”, rezó a la Virgen esa noche.

Los cuentos de Josué y Deyanira eran dignos de guardarse en la memoria. Eran lecciones importantes para sobrevivir en esta vida. Historias que ilustraban lo bueno y lo malo, esas dos fuerzas con las que el ser humano debe luchar perennemente; tan diferentes entre sí como el día y la noche, y aun así parte del mismo mundo. Eran sabias historias contenidas en la mente universal, que los más jóvenes apenas comenzaban a explorar.

Maribel envidió a sus hermanitos por haber podido dormirse, aún después de escuchar semejantes relatos. Se quedó muy quieta en su cama, fija la mirada en la lámpara que alumbraba el cuadro de la Virgen, los ojos velados del cansancio, tratando de ignorar las sombras que se movían en su cuarto con rítmica inquietud. Pensando en si sería coraje la palabra mágica para resolver el enigma de Agmmandiel.